CUALIDADES DE UN TERAPEUTA

1. Escucha a sus pacientes y manifiesta una gran receptividad

Un buen terapeuta sabe escuchar a sus pacientes. Pero no sólo aquello que dicen, sino también aquello que hacen y aquello que son.

Lo que nos cuenta un paciente durante la anamnesis o historia clínica es fundamental. Pero también lo es la forma en que camina y se mueve, la forma en que nos mira o el tono de voz con el que nos responde. Todo lo que emana del paciente es importante, y un buen terapeuta sabe tenerlo en cuenta.

Para poder escuchar la globalidad de un paciente, hay que estar en un estado receptivo óptimo que trasciende el pensamiento racional. ¿Por qué? Porque la mente suele bloquearse, engañarnos y usar patrones repetitivos cerrados que nos impiden avanzar o encontrar soluciones.

Cuando nuestra mente está libre, tranquila y sosegada, conseguimos operar de forma simultánea con otros canales perceptivos, como la intuición, y logramos una atención plena que nos permite percibir mucha más información.

Desde este estado de receptividad somos más eficaces a la hora de captar detalles sutiles, relacionar datos y encontrar soluciones ingeniosas que antes no podíamos ver

Perfil del Psicoterapeuta Gestáltico - Seyla Verdejo · Psicóloga ...

2. Sabe realizar un buen diagnóstico.

Un buen terapeuta sabe que una de las claves del éxito de la terapia es un buen diagnóstico.

Si acudes a cualquier tipo de terapeuta (médico, psicólogo, fisioterapeuta, osteópata…) y éste empieza a tratarte sin antes haber hablado contigo y haberte hecho multitud de pruebas, preguntas y tests, mejor que salgas corriendo.

Un terapeuta que se limita aplicar técnicas no es más que un operario de fábrica, capaz de solucionar ciertos problemas generales, pero potencialmente peligroso e incapaz de dar respuesta a problemas complejos.

Un terapeuta capaz de hacer un buen diagnóstico, mejora sobremanera su eficacia, pues conocerá cuál es el problema y sabrá exactamente dónde y cómo aplicar su acción terapéutica.

3. Utiliza de forma equilibrada sus conocimientos y su experiencia

Un buen terapeuta no sólo debe atesorar una gran cantidad de conocimientos técnicos teóricos y prácticos (anatomía, fisiología, semiología y patología…).

También debe acumular experiencia y, con el paso de los años, utilizarla para perfeccionar su razonamiento clínico y mejorar la eficacia de sus tratamientos.

Un terapeuta que, además de saber escuchar a sus pacientes y realizar un buen diagnóstico, integra simultáneamente sus conocimientos y su experiencia es capaz de dar soluciones a problemas complejos. ¿Por qué? Porque comprende la naturaleza de la disfunción y, por tanto, sabe aplicar con eficacia la mejor técnica o acción terapéutica en cada caso.

4. Usa el poder de la intención

Un buen terapeuta, además utilizar sus conocimientos y su experiencia, conecta y empatiza con el paciente de forma humana con un único y honesto propósito: ayudarle a mejorar de sus dolencias.

Esa intención o voluntad sincera de ayudar al paciente es un pilar fundamental en la eficacia del tratamiento, ya que, por sí sola, activa el proceso de curación.

Cuando un terapeuta pone la mano sobre un paciente (en caso de terapia manual) y focaliza su atención en su curación, se ponen en marcha cambios sutiles a nivel energético, subatómico, celular… que van dirigidos a la mejora de sus dolencias. Y eso, tarde o temprano, tiene una incidencia positiva en la salud y la clínica del paciente.

 Un terapeuta que trabaja con el poder de su intención (además de los puntos anteriormente comentados) da un salto cualitativo en la eficacia de sus tratamientos.

5. Sabe implicar al paciente en el proceso de curación

En cualquier disciplina terapéutica, saber implicar y motivar al paciente es básico para tener éxito.

La actuación y las competencias del terapeuta representan, tal vez, la mitad del proceso terapéutico. El resto depende, efectivamente, del paciente.

Así pues, un buen terapeuta hace que sus pacientes participen y se impliquen al máximo en sus tratamientos.

Y es que, cuando un paciente es consciente del problema que tiene, sabe por qué lo tiene, confía en su terapeuta y alberga la firme voluntad de mejorar de sus dolencias, las probabilidades de éxito o curación aumentan exponencialmente.

6. Es humilde y es consciente de que él no cura

Muchos terapeutas, a medida que mejoran profesionalmente, tienden a desarrollar cierta arrogancia e incluso la falsa creencia de que son responsables directos del proceso de curación del paciente.

Un buen terapeuta es humilde, y sabe que el último responsable de la curación es el propio paciente. Por tanto, es consciente de que, en ocasiones, nada puede hacer para lograr dicha curación. Por muchos conocimientos, experiencia y talento que tenga.

Es más, a veces, la enfermedad es un proceso necesario para la evolución y el crecimiento espiritual del paciente. Y eso es algo difícil de aceptar y comprender tanto para el terapeuta como para el propio paciente.

Mi experiencia como terapeuta me dice que la humildad y la aceptación suelen ser más eficaces a la hora de conseguir resultados que la arrogancia y el exceso de control.

7. Busca la excelencia de forma continua

Un buen terapeuta busca la excelencia de forma continua en todos los aspectos.

Cuando es estudiante suele dedicarse en cuerpo y alma a sus estudios. Y aunque sacrifique parte de su vida social y familiar, sabe que todo ello valdrá la pena cuando esté frente a un paciente y, gracias a ello, sepa dar respuesta a sus problemas.

Cuando ejerce su profesión, se forma continuamente en nuevas técnicas, descubrimientos o, simplemente, en revisar y no olvidar lo que ya sabe. Y también se esfuerza por no caer en la ejecución repetitiva de técnicas y protocolos, sino que intenta innovar y probar nuevas formas de tratar a sus pacientes.

Por último, asume que su profesión es un reto y una responsabilidad de por vida que implica, en muchas ocasiones, trabajar bajo presión y hacer ciertos sacrificios.

8. Sabe que ejerce una de las más grandes profesiones que existen

Las más grandes profesiones que existen son aquéllas que ayudan al prójimo a desarrollar la versión más grande de sí mismo.

Según esta definición, la profesión de terapeuta es, sin duda, una de ellas.

Cuando ejerces como terapeuta, enriqueces la vida de cada uno de tus pacientes, mejorándola de una forma u otra. Del mismo modo, cada uno de tus pacientes te enseña cosas que te convierten en una persona mejor. Este proceso interpersonal de mejora recíproca es la forma más eficaz de contribuir a crear una sociedad y un mundo mejor.

De hecho, cualquier profesión, realizada de forma adecuada, tiene ese potencial. El potencial de mejorar la vida de las personas y del mundo en el que vivimos.

En mi caso, como terapeuta que soy, siento que cuando ejerzo mi profesión de forma honesta y con el corazón, estoy ejerciendo una de las más grandes profesiones que existen.

9. El dinero es una motivación secundaria para él

Un buen terapeuta ama su profesión y, por tanto, disfruta haciéndola. Por ello, si no necesitase dinero para vivir, seguiría, con toda seguridad, ejerciendo como terapeuta.

Desgraciadamente, en un mundo regido por parámetros económicos, necesitamos dinero para vivir, con lo cual, solemos estar obligados a trabajar por dinero. No obstante, la motivación principal de un buen terapeuta es el placer de servir y ayudar al prójimo a recuperar su salud.

En el momento que el dinero se convierte en nuestra motivación primaria, dejamos de ser terapeutas: nos convertimos en hombres de negocios utilizando la terapia como medio para enriquecernos.

¿Y qué ocurre entonces? Que el objetivo deja de ser la curación del paciente. Es más interesente, económicamente hablando, tener muchos pacientes. Y si son de larga duración, mejor.

En ese momento se tienden a traspasar todos los límites éticos, pues se deforma nuestra forma de ver las cosas. ¿En que sentido? Hoy en día, por ejemplo, los terapeutas no se preocupan de ver gente sana ni se alegran de ver sus consultas vacías;  quieren ver pacientes enfermos y consultas llenas. Para poder seguir ganando dinero, claro.

Eso suele derivar en: abusos, engaños, estafas y, en general, mala praxis profesional. ¿Quieres más ejemplos? Piensa en las farmacéuticas que se niegan secretamente a comercializar medicamentos que curan para vender aquéllos que crean pacientes crónicos y dependientes. Piensa en cuántos cirujanos habrán realizado operaciones que realmente no eran necesarias. O piensa en cuantos fisioterapeutas han pedido prescripciones médicas para poder seguir tratando pacientes que no necesitan tratamiento.

10. Es un idealista y un romántico

El terapeuta que cumple todas las cualidades anteriores se convierte, necesariamente, en un idealista y un romántico. Tal y como he ido describiendo, éstas son algunas de las ideas que suele desarrollar:

  • Desearía poder trabajar por placer y no pedir dinero a sus pacientes.
  • No desea enriquecerse de forma prioritaria sino servir a ayudar a sus pacientes y, por tanto, a la sociedad y al mundo en general.
  • No se obsesiona con llenar la consulta, sino que le pide al universo que le traiga a aquellos pacientes que realmente lo necesitan y a los que puede ayudar, algo que suele darse de forma natural.
  • Percibe la terapia como una relación de mejora personal recíproca entre él y sus pacientes.
  • Es honesto y sabe dónde están sus límites, con lo cual, no duda en derivar a otros colegas o profesionales cuando no es capaz de ayudar.
  • Lo da todo por sus pacientes, pero no quiere ser perfecto. Sabe que, como las parejas, el mejor paciente para una persona, puede no serlo para otra.
  • Asume que, a veces, la enfermedad es parte del proceso de evolución de la persona y, por tanto, acepta y asume que la curación no siempre es posible.
  • Ama su profesión y busca la excelencia para realizarse y sentir que su profesión es una de las grandes profesiones que existen.

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